
En la familia inmediata somos oriundos de 3 ciudades del norte de México: mi padre y los 2 hijos varones de Torreón, Coahuila; mi madre de Gómez Palacio, Durango; y mi hermana menor de Chihuahua, Chihuahua. Yo soy el mayor de los hermanos.
Buscando un mejor porvenir para nosotros, mi padre decidió que nos mudáramos al D.F. –como se conocía anteriormente al Distrito Federal, actualmente Ciudad de México- pues tratándose de la capital del país, esperaba encontrar en ella un empleo justamente remunerado y mejores alternativas de educación para sus hijos. Así que emprendimos la optimista aventura y después de un viaje en ferrocarril que duró más de 36 horas, llegamos a la antiquísima y ya desaparecida terminal de trenes coloquialmente conocida como La Estación de Buenavista.
La estación bullía por las multitudes que llegaban y partían, todos solicitando a voz en cuello información a los apáticos empleados del mostrador sin recibir a cambio ni siquiera una mirada. La espantosa cacofonía subía aún más de volumen, gracias a los estentóreos gritos de los "voceadores", como se conocía otrora a los vendedores callejeros de periódicos, pues la fecha de nuestro arribo fue el 23 de noviembre de 1963, justo un día después del asesinato del presidente norteamericano John F. Kennedy en Dallas, Texas. Los periódicos, tanto en sus corridas normales, como en las oportunistas "ediciones extraordinarias", publicaban la noticia en primera plana. Gigantescas letras y borrosas fotografías, plasmaban para la eternidad el espantoso evento.
Se imaginaran ustedes la terrorífica impresión que me causó tal recibimiento. Pues además mi amada abuela paterna, que nos acompañó en el viaje para ayudar a mi madre con el cuidado de los menores, era una bromista con cierto juguetón gusto por el drama. Respondió a mi atribulada pregunta sobre lo que sucedía y el porqué de tanto grito, con una frase que estuvo a punto de causarme un infarto; me dijo, "va a haber guerra". Cuando notó mi horrorizada reacción, se rio con su cascabelito de voz y me guiñó maliciosamente uno de sus minúsculos ojitos. Ahora toda esa mañana es para mí un recuerdo retorcidamente maravilloso, pero hace 56 años me causó incluso pesadillas.
Llegamos a vivir a un departamento en el 9° piso del edificio A1 del Multifamiliar Juárez. Edificio que tuvo el poco edificante privilegio de constituirse en el primero en toda la ciudad de ser sujeto de un derrumbe controlado, dadas las condiciones en que quedó a consecuencia del terremoto del 19 de septiembre de 1985, el más fuerte que haya golpeado la capital en la historia. En aquella aciaga tarde del 85 que atestigüé por televisión la demolición del A1, llegaron a mi memoria los maravillosos momentos que viví en el majestuoso cine que se ubicaba justo enfrente, el Estadio, nombre que remitía de inmediato a las enormes proporciones del inmueble.
Ya no es cine, pero sigue existiendo en el 160 de la calle de Yucatán, curiosamente haciendo esquina con una calle que lleva el nombre de mi Estado natal, Coahuila. Cuando las gigantescas salas de exhibición cinematográfica comenzaron a dejar de ser rentables, el edificio albergó varios años al ya también desaparecido Teatro Silvia Pinal. Actualmente es un centro de Pare de Sufrir.
Pero hablaba yo de los recuerdos que llegaban a mi mente. Eran de las gozosas matinés sabatinas y dominicales, que conocía con anticipación la tarde del viernes, pues desde la ventana de nuestro comedor podía seguir la colocación de las letras de plástico rojo que anunciaban las películas que proyectarían. Así como las series por entrega que antecederían a la cinta principal. Tarzán, Flash Gordon, Jim de la Selva, Dick Tracy, The Phantom, Superman, The Shadow y muchas más que escapan a mi memoria. También ofrecía cintas cómicas cortas: El Gordo y el Flaco, Buster Keaton, Harold Lloyd y ocasionalmente Chaplin nos hicieron reír inocentes y desinhibidos en una comunión que sólo los niños logran cuando se trata de diversión.
Las películas principales jamás eran nuevas, pero tenían a su favor el haber trascendido por su calidad, lo que hacía que los papás tuvieran ese aliciente para acompañar a su prole y leerles los subtítulos a los más pequeños, pues en aquellos tiempos se consideraba casi una blasfemia el doblar las voces de las estrellas cinematográficas.
Por ser el mayor de los hermanos, tuve la fortuna de que mi padre volcara su gusto por el cine sobre mí, particularmente al que en aquellos tiempos se conocía de manera genérica como "de misterio" o "de detectives". Gracias a él, supe de la existencia de películas que hoy recuerdo por el título que llevaron en México, maravillas como M, El Vampiro De Düsseldorf (Fritz Lang-1931); Testigo de cargo (Billy Wilder-1957); El tercer hombre (Carol Reed-1949) y, por supuesto, la que hoy nos ocupa, El Halcón Maltés, ópera prima de John Huston, quién a partir de ese momento se constituyó en una referencia de la dirección cinematográfica. Estatus que conservó toda su larga carrera, aunque luego viviera "ignorado" por Hollywood y su "Academia", que nunca lo honró con el Óscar Honorario que ha otorgado a personajes mucho menos brillantes.




