
Mi formación escolar empezó en Chihuahua. Allí, recién cumplidos los 5 años, asistí a lo que ahora se insiste en llamar (y me parece que de manera adecuada) "jardín de niños" o "preescolar", y que para mí se llamó simplemente kínder. En realidad no tengo una sola remembranza de lo que trataban las clases en aquel lejano 1962, pero de aquella época conservo 2 profundos recuerdos que me han acompañado por toda mi vida.
El primero se refiere a un programa de gobierno que prevaleció mientras el país tuvo crecimiento económico, los desayunos escolares. Concretamente los que se conformaban de un hermoso envase de vidrio de ¼ de litro que contenía la más cremosa, entera, fresca y deliciosa leche que ser vivo alguno haya probado. En esos tiempos no conocíamos la existencia de lo que ahora padece media humanidad, intolerancia a la lactosa, por lo que libres de temor degustábamos el líquido casi sin dar respiro, dibujándonos el sabroso "bigote" blanco que golosamente retirábamos con un hábil lengüetazo. Y si era tu día de suerte, el complemento era un monumento al carbohidrato: un sándwich de pan blanco, relleno de espesa mantequilla de cacahuate cubierta con una generosa porción de mermelada de fresa. Después de ese desayuno, eras capaz de correr al derredor del patio de la escuela durante media hora, sin descansar, y a 40 grados centígrados a la sombra.
El otro vívido recuerdo, es la llegada del primer televisor que hubieran visto mis ojos. No pertenecía a mi familia, era propiedad de la portera de la "privada" -eufemismo con el que en Chihuahua se conocían las vecindades- y denotaba a las claras que su nivel económico estaba notoriamente por encima del resto de los habitantes del recinto.
Dada su manifiesta inclinación por el dinero, la portera, de quien por desgracia no recuerdo el nombre, habiendo notado de inmediato el asombrado interés que la TV provocó en sus vecinos, sobre todo en los infantes, en cuestión de días mandó fabricar 2 largas bancas de madera y rápidamente acondicionó su minúscula sala para ofrecer por "tan sólo" 20 centavos la entrada, la posibilidad de ver televisión de 5 de la tarde a 9 de la noche, si no te importaba ver lo que su familia quería.
Eventualmente logré que mi amado padre me apoyara económicamente con el importe de la entrada al mágico espectáculo. Y allí frente a la pantalla de una televisión que tardaba una eternidad en encender, fui víctima del primer enamoramiento de mi vida. El programa, Las Aventuras de Súper Ratón; la musa inspiradora, Krakatoa Katie. Una voluptuosa ratoncita que bailaba grácilmente, enfundada en un entallado vestido con flores. En algunos de los giros que daba al bailar, la pícara mostraba los calzones, subiendo mi ritmo cardiaco hasta el galope, y haciéndome ruborizar hasta las orejas. Años después supe que el tipo de vestido se llama sarong, y que el color del que portaba mi amor infantil era de color rojo con flores amarillas. El enamoramiento duró acaso tres semanas, pero es absolutamente verdadero que jamás olvidamos nuestro primer amor.
Antes de un mes, y sin remordimiento alguno, cambié la entrega de mi devoción de manera instantánea, sustituyendo la imagen animada por una mujer de carne y hueso que, por partida doble, protagonizaba una serie que llevaba su nombre: El Show de Patty Duke. La hermosísima actriz encarnaba a Patty y Cathy, dos primas que la genética familiar había provocado que fueran idénticas. Hace más de 50 años que vi por última vez el programa, así que no sabría juzgar la calidad de su doble actuación en el show, pero lo cierto es que mi fidelidad para con la musa duró casi dos lustros.
Se imaginarán ustedes entonces, la premura que tuve muchos años después por asistir a la reposición de su más renombrada película, The Miracle Worker, que extrañamente recicló un cine con tendencias "poco familiares", por decir lo menos. El cine en cuestión era el Cosmos, inmueble Art Decó que aparentemente está siendo rehabilitado en la actualidad, después de haber permanecido más de 20 años en el abandono total por las autoridades, sirviendo como refugio de indigentes hasta hace poco.
La actuación de Duke en la película le valió el único premio Óscar de su carrera, recibido por su personificación de la niñez de la sorda y ciega pero extraordinaria escritora estadounidense, Helen Keller. Quien a pesar de sus limitaciones físicas, logró concluir una carrera universitaria en una época en que ser mujer y minusválida eran sinónimos de inservible.
La historia que dio origen a la película fue inicialmente una exitosa obra de teatro, pero gracias a que el público asistió en gran cantidad, a los productores se les ocurrió llevarla a la pantalla grande casi con el mismo reparto para aprovechar su popularidad. La cinta se enfoca en mayor medida en Annie Sullivan, la joven maestra que enseñó a Helen Keller a comunicarse con el mundo, de ahí el nombre de La Maestra Milagrosa que recibió en México el filme. Quizás por su origen en teatro, las actuaciones en pantalla grande llegan a parecernos algo recargadas en la actualidad, sobre todo la de Inga Swenson, quien protagoniza a la angustiada madre de Keller con tal entrega, que hay momentos en que luce casi histérica en su papel.
La majestuosa Anne Bancroft en el papel de Annie Sullivan despliega una actuación tan llena de gesticulaciones, que seguramente las sesiones de filmación deben haberla agotado físicamente. No digamos ya Patty Duke, pues su personaje implicaba un gran desgaste físico y emocional, y se "mató" desarrollándolo a la perfección para lograr la mejor actuación de su carrera.



